Fue una batalla entre la abogada y el vendedor, y durante la mayor parte del primer debate de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, la abogada salió victoriosa.
Quizás es difícil recordarlo, pero antes de que Clinton fuera secretaria de Estado, o senadora, o primera dama, era abogada. Y a todas luces, una abogada talentosa.
Y después de todos estos años, Clinton sigue haciendo campaña como abogada. Meticulosa, cuidadosa, controlada. Pero lo que funciona en un tribunal, con sus regulaciones y costumbres, a menudo no tiene lugar en los despreocupados debates políticos.
Trump, por otra parte, es el vendedor consumado. Las reglas, la tradición, e incluso la verdad, sólo son relevantes cuando éstas ayudan a cerrar el trato.
La debilidad de este enfoque es la percepción de que el vendedor es sólo palabras y no tiene sustancia, un problema que puede exacerbarse en 90 minutos bajo las luces de un debate.
Al final, los preparativos de la abogacía rindieron resultados para Clinton, ya que fue ella la que controló la noche con precisión pericial.
Aunque Trump tenía una estrategia -y la persiguió en ocasiones- la exsecretaria de Estado a menudo lo desvió de su ruta y se vio destruido por su propio desempeño, a veces importuno.
Hillary Clinton se vio ocasionalmente propensa a mostrarse como sabelotodo, en particular en sus repetidas apelaciones a los verificadores de información externos. Pero en general mantuvo la delantera.
Estas son tres ocasiones en los que ella ganó más puntos, dos veces en las que Trump estuvo un paso por delante, y un comodín que fue muy importante.





